No somos una página web
Durante quince años nos prometieron que internet acercaría el poder a la gente. No pasó. Esto no es una página web: es una plataforma ciudadana, una red donde la política deja de ser algo que se mira y empieza a ser algo que se hace.
Durante quince años nos prometieron que internet acercaría el poder a la gente. No pasó. Esto no es una página web: es una plataforma ciudadana, una red donde la política deja de ser algo que se mira y empieza a ser algo que se hace.
Durante quince años nos prometieron que internet iba a acercar el poder a la gente, que la distancia entre el que decide y el que obedece se iba a borrar. No pasó. La política siguió ocurriendo en salones cerrados y a los ciudadanos nos dejaron el papel de siempre: mirar desde la tribuna, aplaudir o indignarnos, y esperar cuatro años para marcar una equis. Nos dieron pantallas, pero no nos dieron poder.
Lo que estamos construyendo nace de incomodarnos con eso.
No es una página web. Una página web se visita, se lee y se cierra: es una vitrina donde alguien se exhibe y el ciudadano pasa de largo. Esto es una plataforma ciudadana, un lugar donde la política deja de ser algo que se mira y empieza a ser algo que se hace. Piénsela como una red social, pero una donde en vez de perseguir likes, las personas se organizan, proponen, vigilan y deciden. Una red donde el de Palmira y el de Zipaquirá no están solos con su molestia, sino conectados, con herramientas en la mano y con consecuencias de por medio.
Y aquí viene la parte incómoda para algunos. Este proyecto lleva, en su propio diseño, una molestia deliberada para la vieja forma de hacer política. Porque todo lo que esta plataforma hace a la luz —mostrar, abrir, conectar, dejar huella— es justo lo que el sistema de siempre necesita mantener en la sombra para sobrevivir. No venimos a insultar a nadie. Venimos a hacer innecesarias ciertas costumbres que le han costado carísimo al país. Donde antes había un intermediario, ponemos una herramienta. Donde antes había un favor, ponemos una regla. Donde antes había un secreto, ponemos una pantalla encendida para todos.
Hemos estudiado con calma lo que se intentó en otras partes del mundo: Italia, España, Argentina, Taiwán. Aprendimos qué funcionó, qué se derrumbó y por qué. No llegamos primero; llegamos informados. Y estamos convencidos de algo: Colombia, hoy, es el único país y el único momento para hacer esto bien. El hartazgo ya es suficiente, la tecnología ya está madura y existe la decisión de intentarlo en serio.
Lo que usted ve hoy —el muro, las opiniones de ciudadanos de todo el país, las herramientas que sumamos cada semana— no es el producto terminado. Es apenas el primer piso de algo mucho más grande. Todavía no lo vamos a contar completo, y no por misterio barato: hay cosas que solo se entienden cuando se ven funcionando. Pero lo adelantamos: estamos construyendo una manera distinta de ejercer la ciudadanía, una que cuando esté lista va a parecer obvia, y más de uno se preguntará cómo aguantamos tanto tiempo sin ella.
No somos una página web. Somos el lugar donde la gente deja de pedir permiso.
(Esto apenas empieza.)
C.L.
