Colombia merece respuestas. Los graves señalamientos sobre la presunta utilización de contratos públicos para obtener favores sexuales alrededor del poder presidencial exigen explicaciones claras e investigaciones rigurosas. Gustavo Petro ha negado haber utilizado contratos con ese propósito, pero las denuncias plantean interrogantes que el país no puede ignorar.
¿Con qué autoridad moral se puede hablar de justicia social, dignidad humana y defensa de las mujeres mientras existen cuestionamientos de esta naturaleza alrededor del poder?
Los recursos públicos no son propiedad del presidente ni una herramienta para satisfacer intereses personales. Son dinero de los colombianos y deben destinarse exclusivamente al bienestar colectivo. Si se comprobara que fueron utilizados para obtener favores sexuales, estaríamos ante una conducta gravísima que exigiría responsabilidades políticas y judiciales.
La ética no puede ser un discurso para atacar a los adversarios y una excepción cuando los cuestionamientos recaen sobre los propios. Quien exige transparencia debe estar dispuesto a rendir cuentas; quien predica moral debe demostrarla con sus actos.
Desde el Partido Republicano de Colombia debemos defender un principio innegociable: ningún gobernante está por encima de la ley, y ningún cargo puede convertirse en un privilegio para actuar sin límites éticos.
La Presidencia no otorga impunidad moral ni convierte los recursos públicos en propiedad privada. Colombia necesita líderes que entiendan que el poder es una responsabilidad de servicio, no una oportunidad para satisfacer intereses particulares.
Dejo abierta la discusión: ¿estamos dispuestos a exigirles a nuestros gobernantes la misma ética y transparencia que reclamamos de nuestros adversarios, o seguiremos justificando lo injustificable según nuestra ideología?